El río de la vida, la muerte y el viaje del alma

Somos almas viajeras, seres cósmicos.

En nuestra sangre, aunque no podamos verla, está escrita la historia de todos nuestros ancestros. Esa historia trasciende el tiempo, palpita en el corazón, se purifica y se oxigena con cada latido. La sangre fluye dentro de nosotros como un río sagrado, y cuando deja de correr por el cuerpo, regresa a la Madre Tierra.

Volvemos a fluir en ella.

Por eso es tan importante honrar a la  madre Tierra: al hacerlo, honramos a nuestros muertos. Honramos los frutos que nos sostienen en forma de alimento, los ríos de los que bebemos, el mar del que surgimos y al que, algún día, volveremos. Así como el cuerpo retorna a la Tierra y continúa en el fluir de la vida, el alma sigue su camino hacia dimensiones superiores, de vuelta a la Fuente, a Dios.

Hay muchos niveles de existencia. Sabemos que nacemos y que morimos, pero lo que hay antes y después es un misterio. Sin embargo, cuando alguien llega a este mundo, preparamos todo para su viaje: un lugar cálido, alimento, protección.

Cuando alguien parte,  sabemos que en muchas culturas dejan agua y comida para su travesía.

Oramos por sus almas, por su regreso a la Fuente desde la fe y el amor. 

Sentimos dolor, sí, pero en ese corazón que duele, continua habitando su historia, en nuestros gestos, en nuestra mirada.

 

Honrar a nuestros muertos a través del arte es abrir un portal entre mundos. El arte místico nos permite recordar que el alma nunca se va del todo. Cuando creamos altares, cuando rescatamos símbolos y objetos que nos conectan con quienes partieron, les damos forma en esta realidad.

Puede ser una canción, un cuadro, un amuleto… Son huellas que hacen posible su presencia, caminos por los que sus espíritus pueden caminar a nuestro lado.

Al final, todos volveremos a la Madre Tierra. Todos retornaremos a la Fuente y nos daremos cuenta de que nunca estuvimos separados, que somos parte de un mismo río, fluyendo de nuevo hacia el gran océano.

Mi propio viaje en el duelo

 

Yo crecí en una cultura donde la espiritualidad muchas veces estaba teñida de miedo. Se nos enseñaba a ver la muerte con temor, a aferrarnos a la ausencia en lugar de comprender la transformación. Cuando murieron mis abuelos, la forma en que se viví su despedida no me hizo sentir que los estaba honrando, solo me dejó más dolor. El rito de paso era frío, basado en la pérdida y el sufrimiento. No en el amor aunque por supuesto estaba presente.

Comprendí que aferrarme a la ausencia, era quedar atrapada en esta dimensión, atada a mi yo, a mi ego.

Nadie hablaba del regreso a la Tierra, del ciclo de la vida en profundidad, se dice que somos barro y al barro volvemos pero no se sale de la literariedad. No se habla de como el barro lleno de vida es parte de la madre Tierra que alberga otros seres que nos componen, que nos unen a la creación.

 

 

Las flores que se llevaban a las tumbas no terminaban acompañándolos en su camino, sino marchitándose en forma de coronas y aunque parezca mentira incluso siendo robadas sin el menor pensamiento de que remitieran a alguna alegoria sagrada.

Otras veces, las cenizas hacían que la muerte pareciera aún más impersonal, sin rastro del fuego purificador. La música era lúgubre, los sermones, distantes. 

Creo que cada uno debe vivir sus duelos con significado, dejando atrás las normas impuestas y las formas automáticas de despedir. La muerte es un portal, un momento de transformación profunda. Nos enfrentamos a un mundo sin esa persona, pero también nos enfrentamos a nosotros mismos. A la fragilidad de la vida. A la certeza de que un día todos cruzaremos ese umbral.


 

Entonces, la pregunta no es solo cómo despedimos a quienes amamos, sino también cómo los mantenemos vivos en nuestra historia. En mi caso, entendí que no podía vivir mi duelo desde la ausencia, sino desde la creación. Decidí convertir mis recuerdos en símbolos: la medalla de la Virgen de Guadalupe que mi abuela llevaba al cuello, la fruta del cacao que mi abuelo me ofrecía antes de preparar su chocolate caliente, las cometas que mi tía construía midiendo los palos con las baldosas de la cocina.

Todo eso se ha transformado en arte. En canciones. En historias. En pinturas que guardan su memoria. Porque aunque el cuerpo vuelva a la Tierra, aunque la sangre regrese al río de la existencia, su historia sigue latiendo en la mía. En la sangre de mis hijos. En cada paso que doy sobre esta tierra, incluso si estoy lejos de ella.

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